Suavidad y terciopelo en Ys, el último disco de Joanna Newsom
Conocí la bellísima música que compone Joanna Newsom mediante su penúltimo disco llamado “The milk eyed mender”. En noviembre del año pasado editó “Ys”, su cuarto álbum, que consolida la identidad de la solista.
Aunque se la ha comparado con cantantes folk y ¡hasta con la voz de Lisa Simpson!, Joanna prefiere tomar distancia de cualquier tipo de comparación, y se ve como una artista auténtica.
Eso es lo que se percibe claramente al escuchar sus trabajos. Porque, a decir verdad, posee una voz de lo más singular, además de acariciar las cuerdas del arpa con un estilo prolijo, dedicado y sutil. Con plena belleza.
Ys cuenta con una singularidad que llama mucho la atención. Por supuesto que su música lo hace, y es enviciante hacerlo. Pero me refiero a la estructura del disco.
La portada tiene un diseño medieval, y consta solamente de cinco canciones. Pero este escaso número de canciones alcanzan la hora de duración si se suma el tiempo que dura cada una de ellas. Además, al escucharlas uno se da cuenta de que Newsom entiende de música, y sus temas no son simples improvisaciones. Los minutos que duran los temas no son jamás interrumpidos; por el contrario, siguen una linealidad tan prolija que fijan al escucha a su voz desde el comienzo hasta el final del tema.
Este efecto es maravilloso, y atrapa notablemente. Lo digo por experiencia, puesto que Ys es de esos discos que paso escuchando constantemente durante dos o tres semanas, y mis incursiones musicales giran en torno a sólo ese disco.
Esta estadounidense es un placer en sí misma. Escuchar su dulce e infantil voz, prestándole atención a la madurez de sus letras y a su sonido del arpa, su piano y clavicordio, es un estado de verdadero trance, en el que nuestras neuronas descansan y nuestro cuerpo queda inmóvil, dejándose deslizar por las notas que indica la mano de Newsom, mientras su voz nos sopla trasladándonos.
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